
Dormido, inquieto, con la leve estampa del Palacio Real de Madrid en mi cabeza, con su sutil belleza en los atardeceres de primavera, con los rayos de sol peinando mis cabellos. Hoy, mañana y siempre, eterno, viendo cosas así me siento tan insignificante, me siento tan orgulloso de pertenecer a este diminuto mundo.
Quizá aún me sorprenda de que el ser humano sea capaz de idear cosas así, de que pueda jugar con los colores de ésta manera. El verde de los campos del moro, el azul del cielo y el solemne palacio que tantas veces me ha ruborizado la piel.
Mañana iré de nuevo a ver su majestuosidad y volveré a quedarme perplejo.
